viernes, 30 de octubre de 2009

La factura de la discordia


Es tan urgente evitar que los países emergentes adopten nuevos modelos de crecimiento libres de carbono como que los países industrializados se hagan cargo de la factura de todo lo emitido hasta hoy.

Que las crecientes consecuencias del cambio climático que ya estamos padeciendo hoy, aquí y ahora son producto de las emisiones de gases de efecto invernadero realizadas durante los últimos 50 ó 60 años por los países industrializados y no por lo que en un futuro vaya a contaminar China, la India o Brasil es algo que resulta de una evidencia palmaria, a no ser que creamos que el tiempo es una dimensión manipulable.

En los últimos 50 años las emisiones de gases de efecto invernadero, GEI, han crecido de manera desmesurada, a la vez, por ejemplo, que se acentuaba la brecha social entre países ricos y países pobres, y al tiempo que se iban sumando más millones de personas al colectivo de quienes no tienen nada para comer a diario (ya son 1.200 millones). Si hoy rozamos las 400 partículas por millón de GEI en la atmósfera es porque estos gases se han ido acumulando a lo largo de las últimas décadas. Y si ya empezamos a sufrir más tifones, huracanes, períodos de sequía o lluvias irregulares es por esa acumulación de GEI que acentúan el efecto invernadero ¿Quiénes nos han llevado esta situación límite? No China, ni la India, ni Polonia.

Dos amigos se acaban de dar una opípara comida en un restaurante de lujo. En los postres, llega un tercer amigo que se sienta en la mesa con ellos pero sólo toma un café. Cuando el camarero trae la cuenta, que asciende a 250 euros, los dos amigos con el estómago lleno de ricos manjares responden: “Bueno, ¿pagamos entre los tres, no?

lunes, 26 de octubre de 2009

nueva etapa para las ciudades

Que las ciudades españolas están en un proceso de cambio, en un momento especialmente crítico donde se juegan parte de su futuro, es alo que resulta evidente, y a las realidades me remito para sustentar esta apreciación. La mayoría de ellas están en plena búsqueda de modelos sostenibles que reviertan una tendencia anquilosada durante décadas donde el principal objetivo era crecer y aumentar su “músculo” poblacional como impulsor de la economía y el consumo. Tras varios años en los que las ciudades medianas se pusieron en valor a través de proyectos de recuperación de los cascos urbanos, la peatonalización de los centros históricos o la puesta en valor de los patrimonio histórico-culturales, ahora ha llegado el momento de dar una nueva vuelta de tuerca y definir el espacio que cada ciudad quiere ocupar en un espectro cada vez más competitivo y global. Es en este punto donde el camino se “ha profesionalizado”, pues cada vez son más las ciudades que creen y confían en los planes estratégicos y en las capacidades profesionales de los urbanistas para desplegar dichos planes. Urbanistas que, por otro lado, no han estado en España precisamente en la primera línea del diseño de las ciudades. Ejemplos hay muchos, pero lo importante quizás no sea cuántas ciudades confían ya sus planes a expertos en urbanismo, sino el hecho de que se ha iniciado una nueva mirada sobre el crecimiento de las ciudades en la que los profesionales de diferentes disciplinas (no sólo urbanistas, también arquitectos, paisajistas, sociólogos, ambientólogos, etc.) ya tienen voz y voto. Sin duda, la gestión de las ciudades seguirá siendo de aquellos políticos que hayan sido elegidos democráticamente en las urnas, pero cada vez son más los gestores políticos que delegan el diseño de sus urbes a especialistas multisectoriales. Si las ciudades son un hecho complejo ¿por qué no abrir el debate sobre cómo queremos diseñarlas?