
Es tan urgente evitar que los países emergentes adopten nuevos modelos de crecimiento libres de carbono como que los países industrializados se hagan cargo de la factura de todo lo emitido hasta hoy.
Que las crecientes consecuencias del cambio climático que ya estamos padeciendo hoy, aquí y ahora son producto de las emisiones de gases de efecto invernadero realizadas durante los últimos 50 ó 60 años por los países industrializados y no por lo que en un futuro vaya a contaminar China, la India o Brasil es algo que resulta de una evidencia palmaria, a no ser que creamos que el tiempo es una dimensión manipulable.
En los últimos 50 años las emisiones de gases de efecto invernadero, GEI, han crecido de manera desmesurada, a la vez, por ejemplo, que se acentuaba la brecha social entre países ricos y países pobres, y al tiempo que se iban sumando más millones de personas al colectivo de quienes no tienen nada para comer a diario (ya son 1.200 millones). Si hoy rozamos las 400 partículas por millón de GEI en la atmósfera es porque estos gases se han ido acumulando a lo largo de las últimas décadas. Y si ya empezamos a sufrir más tifones, huracanes, períodos de sequía o lluvias irregulares es por esa acumulación de GEI que acentúan el efecto invernadero ¿Quiénes nos han llevado esta situación límite? No China, ni la India, ni Polonia.
Dos amigos se acaban de dar una opípara comida en un restaurante de lujo. En los postres, llega un tercer amigo que se sienta en la mesa con ellos pero sólo toma un café. Cuando el camarero trae la cuenta, que asciende a 250 euros, los dos amigos con el estómago lleno de ricos manjares responden: “Bueno, ¿pagamos entre los tres, no?

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