
Una de las informaciones más llamativas que están surgiendo de la cumbre sobre cambio climático de Naciones Unidas que se celebra en Nueva York (días 23-24 septiembre 2009) es aquella que han generado las compañías aéreas: están dispuestas a reducir el 50% de sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) para el año 2050 sobre los niveles del año 2005. Esto significará, con toda probabilidad, un incremento de los precios de los billetes. El que viaje en avión, tendrá que pagar más. Alguien lo expresaba perfectamente hace unos días: si una línea aérea tiene que repercutir en los precios su emisión GEI a la atmósfera, ninguna empresa de aviación podrá ya ofrecer billetes ida y vuelta de Madrid a Londres por 20 euros.
Esto provoca dos reflexiones, la primera más de orden social y la segunda de una magnitud económica. Vayamos con la primera y dejemos la segunda (especialmente el papel de China frente al cambio climático y su política expansiva y neocolonial en países africanos y de América Latina para asegurarse materias primas y fuentes de energía) para otro comentario.
¿Es posible, necesario, bueno o enriquecedor que todos podamos viajar en todo momento y a todos los países del mundo? La bajada de precios por la guerra comercial y la liberalización del sector aéreo, entre otros motivos, ha provocado que cualquier occidental tenga la posibilidad económica (en mayor o menor grado) de realizar viajes transcontinentales o cruzarse medio mundo para disfrutar de un safari fotográfico en África o de una playa virgen en Indonesia. Una vez más, deberíamos preguntarnos sobre si estamos utilizando con raciocinio los recursos o si, por el contrario, nos dejamos llevar, sencillamente, por lo que nos marca el mercado, los balances de las empresas y las leyes de la competencia. ¿Qué “nos pone de moda” Costa Rica? ¡Pues todos a Costa Rica! Dicho de otro modo (y vaya por delante que viajar es lo mejor que puede hacer una persona para ampliar su conocimiento del mundo, de la vida y de sí mismo), es magnífico que el avance científico-tecnológico nos permita volar como los pájaros y que vivamos en un mundo donde existe la posibilidad de coger un avión y aterrizar horas después en Tokio o San Francisco, pero siempre que esto tenga su “precio justo”, incluyendo claro está elementos que hasta ahora el sector empresarial de las compañías aéreas no había contemplado como, por ejemplo, la emisión de dióxido de carbono a la atmósfera. Por cierto que con el transporte terrestre pasa lo mismo ¿cómo es posible que un litro de Coca-Cola sea más caro que uno de gasolina? O para ser más exactos ¿cómo es posible que la gasolina sea más barata que un refresco?

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